viernes, 18 de diciembre de 2015

TU ÓRBITA


Si no llegas a estar ahí, nadie me salva.

Un sol, en el que orbito,
ilumina mis noches
en las que bailamos dentro del laberinto.
Mis retinas apenas recuerdan
la existencia sin su calor,
sin esa luz que me calma,
que destierra todas mis sombras,
existiendo en una eternidad,
sin principio, sin final,
acoplando nuestro aliento en órbita circular,
que danza día y noche en movimiento concéntrico,
inmortalizando una estela,
 que transita en una sola dirección,
la del amor.


Lola Lirola, Toledo 11 de diciembre de 2015








jueves, 17 de diciembre de 2015

PÁJARO NEGRO

Ilustración: Vicente Jiménez

Se esconde en las noches sin estrellas,
agazapado entre risas y declamaciones bellas.

Apareces cortando el perfil de la noche,
sesgando el soliloquio aprendido
de un pájaro narcotizado de pluma inflada,
subrayando vocablos que vagan etéreos
entre kilómetros de asfalto,
dagas que terminan en azabache,
como cada noche con perfil elástico,
en donde el recuerdo del crujir de la madera
relata signos que amamantaron mis dudas
y me ataron de por vida a la estupidez de la negrura,
y allí me deja abandonada,
vagando a la deriva
entre un fracaso inventado
 y una filosofía barata.
Pero siempre llega ella,
que  recicla en la mañana
lo que la noche destruye,
recoge las palabras heridas,
y construye una nueva esperanza.

Lola Lirola, Toledo 15 de diciembre de 2015.

domingo, 6 de diciembre de 2015

EN TIERRA DE ACANTOS

EN TIERRA DE ACANTOS

El diapasón latía acompasado
al candor de la pureza,
una cadencia limpia interpretada
con el roce de nuestra piel,
paseando por el filo de la luna,
arrullando el perfil en un solo contraluz.
Cerrar mis ojos y siempre ahí,
sosteniendo las facciones sonrientes de mi rostro.
Y un arpegio disonante,
profanó el hálito níveo
que envolvía nuestra atmósfera,
desterrándonos de la luna.
Ahora somos selenitas en tierra extraña,
y el Acanto yergue su flor,
entre dudas y recelos,
sin más calor que aquel reflejo
que nunca llega a esta orilla.
Mientras tanto
coloreamos una sombra que está crecida,
esperamos una paz que se perdió,
un rescoldo entre el hielo,
una ruta que nos guíe
hacia un nuevo caminar.


Lola Lirola, Desesperación 8 de enero de 2015.


sábado, 5 de diciembre de 2015

AUSENCIA


AUSENCIA

Amanece en tu alcoba

y la ausencia se apodera del lugar

deshabitado de tu aroma,

ausencia del dulce aliento

de tu mirada risueña,

ausencia de tu voz cantarina

que permanece como guirnalda de feria.

Y yo, me acurruco en tu lecho

hasta sentir en mi alma

lo que el olvido me niega,

llega a mí la verdad de tu mirada,

llega a mí tu semblante

que a veces ya no recuerdo,

el tacto de tus palabras

que acarician mi existencia,

Quiero cumplir tus deseos,

quiero aliviar tus desvelos,

quiero apartar las heridas

que la distancia silencia,

quiero abrigarte en mis brazos,

quiero tenerte tan cerca,

que nuestras risas sinceras

cosan guirnaldas eternas. 
Lola Lirola, Toledo 12 de noviembre de 2015






SIN DOMINIO SOBRE MI PIEL


SIN TU DOMINIO SOBRE MI PIEL

"Liberándome del ego"



Soy la esclava de tu presencia,
que me enreda en un juego 
                                     que no quiero,
y me lleva a un estado, 
                                       humillada, 
que yo acepto por rutina,
habitando en la existencia de un miedo
que me aleja de mi centro.
Compareces de continuo
convirtiéndote en un hecho
y me veo arrastrando mi propia vida
a una mentira que me hunde
entre la angustia y la tristeza,
entre el desprecio y el cansancio,
caminando medio muerta.
                                       Me recuerdo,
que perdiste el dominio sobre mi piel,
soy la dueña de mi ser
frecuentando el epicentro,
donde acepto lo que ocurre en mi vida,
pues la vida sólo es vida
y sólo pienso en vivirla
sin tu dominio sobre mi piel.


©Lola Lirola, Toledo, 12 de agosto de 2015

BRON-CHUSS

BRON-CHUS

Resuena en mi sombra un eco,

que con el tiempo se me ha hecho amigo,

son sibilante de ramas,

que en noches de otoño frío

gritan volver a un árbol perdido.

Y de mi sombra asido, el eco

se me ha hecho tan amigo,

que todas las noches aparece

para rememorar el gemido

que rinde mis cilios,

obstruyéndome el legítimo,

reflejo de un antaño olvidado,

y al despertar la mañana,

la luz sosiega la sombra,

permitiendo savia nueva,

recobrando la vida perdida,

solo dejando huella en la materia dolida

y en las ojeras que también se han hecho amigas,


Lola Lirola, Toledo 30 noviembre de 2015



:

MUSAS

MUSAS

En el silencio quedo,
por el quicio amable,
me apartáis de Morfeo.
¡Oh, Musas!
Os filtráis
bosando bosquejos,
tocando un soniquete
cansino ,
nimbando mi sentido,
cortejando mi arrebato,
arrastrándome en la noche.
¡Qué locura
embarga mi naturaleza
serena!
¡Qué demencia
corteja mi paz
quieta!...
No me importa el dictamen
de malandrines pérfidos
que humillan mi perspectiva
de sueños blancos.
Ya he escuchado su canto,
ya vivo hechizada por ellas,
ya su son ha calado
mi esencia.

Lola Lirola, Toledo 21 de enero de 2014


lunes, 12 de octubre de 2015

TRAS EL ECLIPSE




TRAS EL ECLIPSE

En silencio anda el camino
borra sus huellas,
guarda recuerdos
que hacen herida.
Y en su horizonte
brota verde la esperanza,
relegando a la niebla espesa
que aun susurra.
Anhela vivir la vida,
amar sin ecos,
libar la savia,
reír con todo,
soltar el lastre,
dejar que el alma
redima sueños de primavera,
y que despierten con las campanas,
las mariposas en su cuerpo herido,
las que sintió siendo tan niña,
que vuelvan pronto entre sus carnes.
Cierra sus ojos,
y su deseo es como un mantra
que envuelve todo.
Ya está sintiendo que no es un sueño.


© Lola Lirola, Toledo, 28 de marzo de 2015.

jueves, 8 de octubre de 2015

ODA A MI CUERPO



Imaginaste una piel
para amar y ama,
una piel para abrazar y abraza,
una piel para sentir y siente.
Imaginaste una boca
para reír y ríe,
una boca para besar y besa,
una boca para hablar y habla.
Imaginaste unos pechos
para lactar y lactan,
unos pechos para hechizar y hechizan,
unos pechos arropar y arropan.
Imaginaste unos ojos
para mirar y miran,
unos ojos para aprender y aprenden,
unos ojos para mimar y miman.
A veces, escuchas
cantos de sirena,
y te esclavizan con su ritmo
y te alejan de  la verdad.
Otras, simplemente lo intuyes
ante el espejo,
la grandeza del destino
es el tempo abandonado,
es el camino
es tu esencia.

© Lola Lirola, Toledo 9 de junio de 2015

jueves, 28 de mayo de 2015

ALITA HERIDA

“Valentina tenía su alita herida, huella de una batalla ajena”
Valentina, tu nombre suena a cantinela dulce que acaricia el alma. Dejé de llorar el día que abandonaste este mundo extraño, mis lágrimas se hicieron letras que viajan a golpe de teclas desgastadas hacia la eternidad. Aquel día puse rumbo hacia la luz y en el camino me encontré con la sombra, la tuya y la mía, agarradas de la mano. Hay jornadas que el vacío de tu ausencia llena cualquier perspectiva, otras me alzas en tus brazos y siento esa alita herida. Valentina tenía su alita herida, huella de una batalla ajena…, con tan solo tres años jugaba en la calle y un carro atropelló a la niña, no perdió la mano, pero el recuerdo quedó marcado por un brillo imborrable y un meñique entumecido. Sin embargo, la viveza de sus ojos verdes y su sonrisa cantarina velaban cualquier huella de un daño pasado, cualquier negrura enredada entre pensamientos enmarañados. Su alita herida lavaba esa cara redondita, peinaba ahuecando su cabello ensortijado, pegaba pedazos rotos, cosía flores al minuto, acariciaba dejando su aroma de madre impregnado en nuestra piel, aún hoy en días de tormenta llega hasta mí ese aroma y me rescata. Su alita amasaba la harina sobre el mármol de la cocina, ¡cómo cocinaba Valentina!, recetas magistrales en las que “la mano tonta” era su ingrediente principal, ¡qué difícil nos resulta conseguir imitar tus guisos!. En la noche, escudriño tu huella en el reflejo de mi alcoba, pues me volví convexa siendo fiel a la extensión de tu grandeza. Hoy me he levantado temosa, pues tu recuerdo ha sitiado mi pensamiento, sé que estás en la luz, hacia donde yo camino, sola, sin prisa, intentando liberar el lastre que prende… disfrutando de tu esencia, marcando mi propia huella tras la que se atisba tu presencia. © Lola Lirola, Toledo 28 de mayo de 2015.

jueves, 21 de mayo de 2015

MI AMIGA COLUMBA

Uno de los regalos que experimenté durante mis primeros años fue conocer la amistad. El universo me regalo una amiga, yo hermoseé en mi alma una sala especial para ella. Son de esas personas que, aunque haya pasado el tiempo sin verla, ilumina por dentro. Columba y yo fuimos juntas al colegio desde parvulitos, cada una se desarrolló según su genética y su ambiente. Vivíamos en el mismo barrio, en casas muy cercanas. Siempre íbamos juntas, ambas tejimos un conjunto de recuerdos comunes en los que cada una dibujó con subjetividad los enlaces exactos, las experiencias necesarias, las vivencias que hicieron de nuestra niñez esa época feliz e inocente. Hoy escudriño en el desván y con ella sólo veo risas, juegos, amistad, amor, una sensación de bienestar que se amontona en mi pecho con aroma a felicidad. Por las mañanas, al ir al colegio, solía pasar por su casa a recogerla para acudir juntas. Al llamar al timbre, soltaban a los perros que salían corriendo a la calle sin prestarme la más mínima atención. Recuerdo el calor de su hogar, mientras esperaba que se arreglara para irnos, su madre elaboraba un universo sensitivo que invadía mi persona –para mí era envidiable ya que mi madre trabajaba y por las mañanas nunca estaba en casa-. La radio a todo volumen, que a esas horas siempre se oía “la familia de los Porretas”, el aroma a café se apoderaba de mi sentido olfativo, los chillidos de un loro que nunca aprendía a hablar, los perros que después de aliviarse volvían en busca del cariño de mi amiga, en el salón las huellas de una noche cosiendo a la máquina o el uniforme planchado sobre una silla –su padre trabajaba en el Café Español-, todo un escenario tan distinto a mi realidad que se me hacía atractivo. Cuando estaba preparada íbamos al colegio hablando de nuestras cosas, preguntándonos la lección o lo que fuera que tocara en cada momento, pero siempre riendo y como dos amigas. Todo era diferente en casa de mi amiga, pero lo que más me llamaba la atención era su madre, le hacía los mejores bocadillos del mundo, de tortilla francesa, de jamón de york, de lo que quisiera la niña ya que comía poco y se cansaba pronto. Además, su madre me llamaba la atención porque era joven y estaba llena de vitalidad, porque escuchaba la radio a todas horas y por las tardes mientras cosía escuchaba el programa de Elena Francis, el cual a mí me gustaba escuchar, no sabía muy bien lo que decían pero el tono monótono envolvía el ambiente, en algunos momentos había que estar calladas porque ella escuchaba los consejos con gran satisfacción. Pero si había algo que me gustaba de la madre de mi amiga era su forma de reírse a carcajadas y que detrás de la puerta de entrada a la casa tenía un poster de Manolo Otero, del cual estaba enamorada, ¿cuántas veces escuchábamos los disco de este cantante? ¡Qué peculiar era la madre de mi amiga!, aún hoy la veo por las calles de mi ciudad y siento que la quiero, que forma parte de mí, a pesar de que siempre me daba un azote en el culo y me decía: “¡culo gordo!”, yo sé que no lo hacía por herir , en el fondo le hubiera gustado que su hija se criara con tanta lozanía como lo hice yo, sin embargo mi amiga había salido a la familia de “los tomillitos” y era más bien menudita. Mi amiga Columba sabía de mis penas y alegrías, fue la primera en sufrir mi tendencia fantasiosa y creativa, había días que me pasaba horas contándole una historia que aparentemente era verídica y después de un tiempo prudencial le confesaba que era mentira. A ella eso le hacía sufrir mucho ya que yo tenían una tendencia a la tragedia, me calificaba de mentirosa. No te voy a creer más –solía decirme ella-, pero al rato se le había olvidado y volvíamos a reír y buscar nuestra compañía. Esas fueron mis primeros escarceos con el mundo de la creatividad. Mi amiga y yo éramos muy diferentes físicamente y mentalmente, pero había algo que compartíamos, no sabría decir de qué se trata. Ella respetaba mi diferencia y yo respetaba la suya. Nos amábamos tal cual éramos, sin buscar en la otra, intereses personales. Éramos y somos buenas amigas. ©Lola Lirola, Toledo 21 de mayo de 2015.

jueves, 14 de mayo de 2015

CINCA CORPUSIANA

Ilustración de Vicente Jiménez García
El pistoletazo de salida se daba casi un mes antes, cuando los operarios del Ayuntamiento comenzaban adornando el recorrido procesional. Toldos, farolas, centros florales eran el ornato preciso para la fiesta mayor. Un día, volvías del colegio y te encontrabas las calles invadidas por fardos de toldos, por escaleras y por señores vestidos de azul que andaban afanados en instalarlo todo lo necesario para engalanar las calles. La ciudad se convertía en un bullir de preparativos. Los hogares, por su parte, también se acicalaban en espera de familiares y conocidos que aprovechaban las fiestas para hacer visitas, con este motivo se encalaban los patios, se pintaban y adecentaban las estancias más concurridas. Las casas que coincidían con la carrera procesional preparaban mantones y flores para adornar los balcones. Había que arreglar todo para lucirlo el día de la fiesta. Nuestro patio de juegos –la Plaza del Ayuntamiento– se transformaba en un lugar extraordinario, con nuevas perspectivas por descubrir, ya que instalaban una tarima-escenario en donde se desarrollaban espectáculos y conciertos específicos para las fiestas. Todo ese espacio se convertía en un lugar mágico, en donde los niños desarrollábamos nuestra imaginación. En los días previos –que casi siempre coincidía que no teníamos colegio por la tarde– podíamos ver representaciones en esos escenarios, así como ensayar a cantantes, bailarines, actores... En la misma plaza, al lado del cuartelillo de la policía se disponían unos camerinos construidos con aglomerado, que recuerdo que estaban muy mal montados porque, en algunos de ellos, a través de sus agujeros podíamos ver a los famosos, sus trajes, el maquillaje, incluso sus bebidas preferidas, y eso era siempre una emoción añadida porque la policía estaba muy al tanto y a veces teníamos que salir corriendo. El día del Corpus me despertaba con el sonido de las bombas reales, ya hacía tiempo que mi madre andaba cacharreando en la cocina preparando la comida, pero a partir de ese momento le poseía un nerviosismo más apremiante. Le entraban las prisas para que alguien llevara unas sillas y cogiera sitio –los vecinos las ponían a todo lo largo de la carrera procesional, solían elegir las más viejas, por si alguien las cambiaba de lugar, que ya había pasado alguna vez, y desaparecían–. Al que le tocaba ir, venía explicándonos que ya habían puesto los tapices de la catedral y la alfombra de plantas olorosas que aportaban la fragancia tan peculiar de la fiesta. La calle se convertía en un continuo ir y venir de seminaristas, de vecinos y no vecinos que habían madrugado para disfrutar de la fiesta. El siguiente son que marcaba el compás de actuación era el soniquete de la banda de música que, junto con los gigantones y los cabezudos, subían por la calle del Pozo Amargo. Todo estaba en marcha y no tardarían mucho en tocar a misa. Mi madre, como directora organizativa, siempre tenía un orden de actuación sobre todo lo que iba ocurriendo a lo largo de ese día, primero tenía preferencia mi hermano Tercio, que pertenecía a la escolanía de la catedral, sus zapatos debían estar lustrosos y su voz preparada, ella le hacia un brebaje muy raro que él se tomaba para tener la voz más clara, ya llevaban días ensayando, pero él seguía poniéndose nervioso como si todo dependiese de él. Las campanas le llamaban imperiosamente, mientras que para el resto tan solo interpretaban una auténtica sinfonía con su alegre repiqueteo. Éramos los invitados privilegiados a ese espectáculo auditivo. Nosotros debíamos darnos prisa para estar a las 11 de la mañana y ver salir la procesión por la Puerta Llana. Al poner los píes en la calle pronto se percibía el calor que se sufriría en ese día, mi madre miraba al cielo y decía, como si de un mantra obligado se tratase: “Hay tres días en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Yo no sabía que significaba esa frase, pero sí percibía que eso le hacía sentirse feliz. Según avanzábamos hacia el lugar que ocuparíamos en el recorrido de la procesión la emoción iba en aumento. Poco era el tramo que separaba mi casa de la plaza del Ayuntamiento, pero ya podíamos oler y sentir la atmósfera que nos envolvía enajenando los sentidos, transportándonos a un escenario cargado de una escenografía única. Una vez que ocupábamos nuestros lugares comenzaba el paseíllo de personas que, bien vivían en otro barrio o bien no querían madrugar para guardar su sitio, algunos en el último momento intentaban acoplarse. Ese era el verdadero momento apoteósico para mi madre, porque veía a unos y a otros, a todos saludaba y con todos hablaba. Siempre creí que elegía ese lugar porque por allí la procesión pasaba al final y así tenía tiempo para disfrutar de todos y cada uno de los elementos que intervenían en aquella representación. Por su parte nosotros también nos turnábamos para dar un paseo hasta la Plaza de Zocodover y así lucir nuestras mejores galas. El sol hacía ya tiempo que nos estaba castigando, los cadetes –que estaban en posición de descanso y dispuestos en toda la carrera–, empezaban a dar muestras de cansancio, nosotros por nuestra parte, ya habíamos hecho turnos para acercarnos a casa y pinchar algún aperitivo preparado. Ya hacía rato que habían sonado de nuevo las bombas reales, en este caso, nos avisaban que la custodia había salido de la catedral. Sin embargo, era el piquete de la Guardia Civil a caballo lo que marcaba el comienzo de nuestra procesión, ya que aparecía por lo alto de la cuesta de Arco Palacio, los cadetes cambiaban a la posición de firmes. En ese momento siempre había alguien que quería ponerse en tu sitio y comenzaba alguna discusión. Todo en la procesión tenía un protocolo –que por supuesto mi madre explicaba casi siempre a algún forastero con el que durante la espera habían hecho amistad–: el pertiguero, la Cruz de la Catedral, las Cofradías y Hermandades, con sus atuendos uniformando particularidades. Los de blanco crudo con la cruz roja son de la Orden Militar de Malta, los de azul los Caballeros Mozárabes, los de blanco son los Caballeros del Santo Sepulcro, los de rojo eran los Infanzones de Illescas…había momentos que parecía que estábamos transportados a otras épocas más antiguas. A lo lejos ya se oían los cánticos –entonces aún no se había instalado la odiosa megafonía– de los niños de la escolanía, los seminaristas, los curas –algunos con casullas doradas–, lo que marcaba el comienzo de toda la parafernalia que acompañaba al Santísimo, pero el clímax venía cuando los alféreces gastadores que precedían a la Custodia de Arce, con su ritmo marcial taconeaban levantando el tomillo del suelo, a la vez que los cadetes que estaban apostados en la carrera cambiaban a la posición de arma rendida y se arrodillaban –era un espectáculo que ponía los pelos de punta–, la gente se arrodillaba al paso de la Custodia y el silencio solo era roto por los aplausos. Se conseguía una atmósfera sinestésica en donde el aroma a pétalos de rosas, el tomillo, la música de la escolanía, el roce de los guantes de los cadetes en sus armas, el ambiente etéreo, junto con el recogimiento propio de la devoción que imperaba en aquello años hacía de aquel momento algo único. Después sólo quedaba recogerse en el frescor del hogar. © Lola Lirola, Toledo, 10 de mayo de 2014.

jueves, 7 de mayo de 2015

CINCA SUEÑA

¡Qué bonito sería si existiese una luna de plata que desde el cielo viese los pensamientos y trabajase para que éstos se cumplieran!, ¡qué ideal sería que jamás nadie dañara y si hubiera daño que éste se pudiera borrar! –pensaba la niña Cinca–. Era un deseo como de algo etéreo que aparece y te concede todo lo bueno, incluso lo que jamás hubieras soñado. ¡Qué bonita hubiera sido su vida si algún ángel la hubiera llevado en las palmas de sus manos evitando los múltiples sinsabores que le ocurrían y que con los años le iban colmando hasta asfixiar, qué fácil veía la vida de otros que sin ningún esfuerzo conseguían encauzar su vida! y ¡qué visión más distorsionada tenía! Así transcurrían sus noches, depositando anhelos y voluntades sobre su almohada, que nunca se veían cumplidos. La vida siempre le ofrecía realidades distintas a las que ella deseaba. Podía ver como otros conseguían con toda naturalidad, incluso logros en los que no habían ni pensado, mientras a ella se le hacía difícil llegar a sus metas. Siempre existía un obstáculo que aunque no impedía que realizase los proyectos, los caminos para conseguirlo eran siempre tortuosos y enrevesados. Siempre existía una sombra bajo la que ella debía avanzar en el camino… No obstante fue su afán de superación y su inquietud lo que hizo que Cinca emprendiera una búsqueda hacia la verdad, hacia la libertad. Comenzó a compartir sentimientos, a investigar la forma de gestionar la vida, a caminar intentando retirar el lastre que en su corta edad ya había hecho mella. En el camino conoció la insatisfacción que se había instalado en el hombre y que hacía de las diferencias el sufrimiento de los hombres en vez de su riqueza, conoció los encasillamientos alienantes que relegaban al aborrecimiento de un futuro mejor, identificó el aturdimiento al que está sometido el intelecto gracias a la negación de las emociones y de las distintas capacidades humanas que lejos de situarlas en una amenaza para la sociedad pueden llegar a situarse en el reconocimiento de la plenitud humana. Un camino largo que inició la niña como única opción de superar los obstáculos que se iba encontrando. Sin embargo, Cinca reflexionó que aquellos obstáculos se habían convertido en las armas necesarias para la lucha diaria en la batalla de la vida. Lola Lirola, Toledo 07 de mayo de 2015

jueves, 30 de abril de 2015

LOS LIBROS Y CINCA

Mis primeros libros los leí en casa, en una habitación había una estantería que tenía libros infantiles, éstos me atraían porque tenían dibujos y podía saber lo que pasaba en sus historias rápidamente tan sólo con leer las viñetas, eran una ventana abierta a otros mudos que me envolvían. Allí había una colección de los cuentos de Perraut –La bella durmiente, Caperucita roja, Pulgarcito, Cenicienta…etc. –, Las Aventuras de Tom Sawyer, Simbad el Marino, Bajo las Lilas de Loise May Alcott…etc., todos de la colección Historias selección. Los cuales pronto había leído y releído, por lo que siendo muy niña busqué libros por otros lugares, encontré libros de mi madre como la colección de Pearl S. Buck, o El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien de mis hermanos, que pronto me hicieron desistir ya que no los entendía mucho. Sin embargo había algo que me atraía de los libros. Un día descubrí un lugar en el que había libros para los niños y para adultos, el único inconveniente era que estaba lejos de mi radio de acción y siendo niña de corta edad no me dejaban ir tan lejos, por lo que en el momento me tenía que limitar a esos días en los que acudía algún mayor conmigo para asistir a la biblioteca, más adelante ya podía ir sola y me hice asidua de ella. La biblioteca era un edificio muy grande situado en el paseo del Miradero en el que en algún momento instalaron una escultura enorme en conmemoración a Alfonso X “El sabio”, había dos entradas una a la gran biblioteca de adultos y otra, el camino que siempre elegía yo, a la sala infantil. Mi sueño era pasar a la de adultos, pero en varias ocasiones me instaron a volver a la infantil. La sala infantil casi siempre estaba llena de niños como yo y había algo en ella que a mí me producía mucha risa, la bibliotecaria nos instaba a guardar silencio, incluso se vio en la obligación de echarnos en varias ocasiones. Nunca me expliqué por qué sentía esa necesidad de hacer reír a mis compañeros, quizá era el silencio o la necesidad de transgredir las normas, el resultado fue de repulsa total de la bibliotecaria hacia nuestro grupo, por lo que tuvimos que dejar de asistir. Por este motivo y por otros, nos pasó lo más apasionante que puede pasarle a un niño, y fue la formación de nuestra propia biblioteca, la actividad principal de nuestro club y es que, cuando apenas teníamos 11 años, mis amigas y yo fundamos el Club MALOPAJE, el nombre fue elegido después de varias propuestas y por unanimidad y se formó con las dos primeras letras de nuestros nombres. Con sede en la terraza de la casa de una de nosotras, desde donde veíamos la torre de la catedral, este club fue toda una incursión en el mundo de la cultura. Todo lo referente al club era apasionante, nos reuníamos para hacer las fichas de los libros, que nosotras mismas llevábamos. Apuntábamos quién prestaba el libro, la fecha de entrega, la fecha de renovación…etc., con este método conseguimos leer otros libros que los que tuviéramos en nuestra propia casa. Pero lo más importante fue el paso hacia adelante que yo experimenté, ya que a esa edad ya había llegado a la conclusión que ningún chico me quería y que las relaciones de amistad no serían mi fuerte. En ese momento ya me había sentido despreciada por los chicos y las chicas del colegio, ya había sentido que el mundo sería un lugar difícil para mí y que solo la madurez podría curar tal descalabro. Algún tiempo después descubrí la biblioteca del Instituto “El Greco” en donde acudía siempre que podía, muchas veces en busca de silencio, otras en busca de información para los estudios que estaba realizando y siempre buscando una sensación placentera, pero fundamentalmente porque allí tenía todos los libros que necesitaba ya que estudié el bachillerato sin que mis padres me compraran ni un solo libro de texto. No tardé mucho en iniciar mi propia biblioteca, por lo que comprar libros formaba parte de mi presupuesto semanal, clásicos,libros de poesía, novelas, sobre todo novela histórica empezaron a formar parte de mi hogar, entonces ya era independiente. Todo tipo de libros que pronto necesitaron un mueble especial para ellos, capricho al que accedí sin ningún tipo de reparo. Luego fueron apuntes, más libros, cursos, folios encuadernados que almacenaba, los libros de la herencia de mi madre…etc., los libros estaban invadiendo mi espacio, por lo que después de veinte años de acumular polvo y quedar en el olvido decidí liberarlos, dejar que las palabras hablen a otros, por lo que fui dejándolos en un banco, en la biblioteca de un colegio, sobre un poyete de la calle, el proceso se convirtió en liberador para ellos y para mí. Más adelante dejé de comprar y en su lugar volví a tener una gran relación con la biblioteca, en ese caso la del paseo del Miradero ya no existía, por lo que acudo a la del Alcázar. Ahora dejo que las palabras me elijan por cualquier medio e intento reciclarlas. Hoy todos los días publican libros, en mi ciudad, en la de al lado, el la de más allá, libros y libros, miles de palabras y sentimientos confeccionados por la creatividad del hombre, mi tendencia es al silencio mental, a la búsqueda de la singularidad frente a la verborrea de otros, otro proceso más en un camino hacia la libertad.

jueves, 23 de abril de 2015

VINOS Y CERVEZAS, SUCURSAL DEL BOTERO


Algunos recuerdos de mi infancia y adolescencia transcurrieron en las tabernas de mi barrio. En esta época no teníamos ni Wii, ni Nintendo, ni Game boy, ni Playstation. La vida se desarrollaba más en las calles y en contacto con la gente. Los niños acudíamos a jugar a las máquinas –entonces no sabíamos que a estas se les llamaba juego de Pinball–. Esta costumbre la adquirí por el ejemplo de mis hermanos mayores, pronto encontré gran fruición por este juego.


El Pinball era un juego electrónico de mesa muy frecuente en las tabernas, las máquinas se componían de un tablero horizontal inclinado y otro vertical que hacía de contador de puntos, estaban decoradas con colores, dibujos –a veces del oeste, otras del mundo Marvel de comic–, luces y sonidos muy llamativos. El juego consistía en sacar la bola a través de un resorte, colocado a la derecha del tablero, que la impulsaba hacia la parte alta y en su camino chocaba con marcadores electrónicos que aumentaban la puntuación, era un continuo rozar en los marcadores y aumentar la puntuación, todo dependía de la maestría del jugador y a veces de la suerte. La bola caía por su propia inercia hasta llegar a unas paletas que el jugador accionaba a través de unos botones colocados en los laterales, se hacía con cierto efecto para conseguir relanzarla y llegar a los marcadores para obtener más puntos. A una puntuación determinada se conseguía una bola extra, y más puntos ganabas una partida extra. Mi hermano tercio era tan bueno que podía echar toda una tarde jugando con tan solo cinco pesetas. Yo solía esperar a su lado hasta que éste se cansaba y me dejaba jugar.
Entre las tabernas en las que había las máquinas más atractivas estaba “El botero” o “El roña” –que era así como se conocía popularmente–, aunque había un cartel en la puerta que ponía: “Vinos y cervezas, sucursal del botero”. Este bar estaba dispuesto en dos grandes estancias, la primera situada a la entrada en donde estaba la barra y la otra al fondo, en el paso de una a otra se encontraba el retrete, que consistía en una superficie de porcelana situada en el suelo con dos huellas en donde se suponía que había que poner los pies y un agujero de desagüe; las escalera que subía a la vivienda del dueño del bar; y un pasillo de paso en donde estaban las máquinas. Ambas salas estaban decoradas con carteles taurinos, mesas de hierro y mármol, bancos de madera pegados a la pared y taburetes. En esta taberna los mayores jugaban a las cartas, sobre todo al mus, para las apuestas empleaban las chapas de los botellines, por lo que en el ambiente estaba el sonido metálico de estas contra el mármol, así como las voces que los jugadores –que en muchas ocasiones eran nuestros padres–, que se oía órdago a las grandes, órdago a las chicas, envido... recuerdo una atmósfera llena de humo y un ambiente inolvidable.
Otra taberna que también frecuentábamos era la de “el señor Pedrín y la señora Pedrina”, no sé si tenía algún nombre oficial, pero nosotros lo conocíamos por ese nombre. Esta era menos frecuentada, ya que los dueños tenían un carácter un tanto peculiar. En ella no se podía dar golpes a la máquina, con lo que se hacía más complicado hacer puntos y cuando la señora se enfadaba con los chicos los echaba del bar aduciendo que trataban mal a la máquina, sin embargo nosotros siempre le caímos bien. Lo único característico de esta taberna eran los baldosines cerámicos que había en el zócalo, en ellos había todo tipo de refranes como: “la madrugada del pellejero, que le daba el sol en el ombligo y decía que era el lucero”, “tripa llena, corazón contento”, “comiendo con vino no hace daño lo más dañino” y otros muchos que ahora no recuerdo.
También estaba el bar la Campana, muy característico porque el dueño tocaba la misma cada vez que le dejaban una propina. En este había una máquina de pinball. Sin embargo años después hubo una máquina electrónica que se llamaba “DONKEY KONG” que para mí era la mejor máquina que jamás he jugado, quizá porque  pasó ya en mi adolescencia y yo tenía más independencia. En este caso la partida costaba veinticinco pesetas.
Luego llegó la maquina creada por Arcade Moon Cresta (Nichibutsu) –popularmente conocida por la de marcianitos o ensamble–, que a mí no me gustaban nada, pero a mi chico a sus amigos les volvía locos, se podían pasar toda la tarde en el bar Río o el bar Alcázar –este último conocido por todos por  bar “el Champi” o bar “el guarro”, estos dos bares ya estaban más lejos del barrio lo que nos permitía mayor intimidad en nuestras acciones de adolescentes. En esta máquina ni chico tenía el record de todo Toledo y en todas ponía nuestros nombres como señal de su amor hacia mí. El bar que más nos gustaba a las chicas era “el guarro” porque tenía una máquina de música que nos permitía estar más entretenidas. Allí escuchábamos insistentemente “El muro” de Pink Floyd, “Polvo en el viento” de Kansas y otras que me ponen melancólica, una edad sin responsabilidades, de risas y amistades que permanecen y que nunca volverá.



© Lola Lirola, 23 de abril de 2015.

sábado, 18 de abril de 2015

EL PRIMER AMOR DE CINCA


            Crecí con la certeza de que era buena y siempre dudando de ser bella, todo por una frase que repetía mi madre como si de un mantra asfixiante se tratase: “…tu hermana es muy guapa, pero tú eres muy buena…”, ¡Cuánto odiaba esa frase!, porque implicaba que yo no era guapa, ¡Cuánto odiaba ser buena!, pues yo prefería ser guapa ¡Cuánto poder tienen las palabras de una madre! Que nos hacen creer mentiras. A lo largo del tiempo parecía confirmarse, sobre todo cuando veía que las alabanzas que los chicos regalaban a las chicas siempre iban dirigidas a otras.
            Y sin embargo, de la manera más tonta y sin deseo alguno, como ocurren las cosas buenas de la vida, vino a mi vida el chico ideal. Un día mi amiga Cristina me pidió el favor de acompañarla a ella y otros dos amigos, vecinos de su barrio, la intención de ella consistía en ligar con uno de ellos y quitarse de encima al otro, que por lo visto llevaba tiempo enamoriscado de ella, ¡vamos una plan perfecto!, ambos chicos estarían pendiente de ella y yo solo sería la carabina nada más. Así fue como conocí a mi primer amor, yo tan solo tenía doce años, el primer encuentro con el que sería el amor del resto de mi vida, a partir de ese momento buscábamos coincidir en los momentos que nos dejaban nuestros quehaceres. Para mí era el macho perfecto, ya que yo con esa edad había desarrollado y había alcanzado mi máxima altura, sin embargo los chicos de mi edad eran todos muy menuditos y yo no veía a ninguno apropiado para mí. Al contrario que este, ya que era un gran mozalbete, guapo, moreno, alto, con buena genética para nuestros futuros hijos, bien es cierto que había mucho que pulir y teníamos que empezar cuanto antes. No sé cuánto duró ese escarceo, lo que sí conozco es que le tuve que dejar ya que él, algo mayor que yo, tenía las hormonas muy revueltas y se interesaba demasiado por jugar a las prendas, haciendo trampas para besarme siempre que podía, en la mejilla por supuesto.
Después de dos años y con nulo éxito entre los chicos de mi edad, un día volví a verle, fue por mayo, estábamos en los coches de choque en la Vega, allí solíamos reunirnos toda la muchachada adolescente. Después de un intento fallido, a la semana siguiente le cogí por banda –para mí una acción a la desesperada– y le obligué a pronunciar las palabras que toda chica quiere oír. Me gustaría decirte algo –le dije con mucha picardía–  pero es el hombre el que tiene que pronunciar esas palabras, él enseguida se percató de la maniobra y como él también andaba desesperado en sus éxitos con las chicas, me dijo. “¿Quieres salir conmigo?”, yo le dije que sí por supuesto pero con una condición: nada de besos, de aquella conversación tuvimos como testigo a un álamo viejo y el Tajo en el horizonte, todo obedecía a un plan predeterminado no sé muy bien de quien, pero desde entonces mi alma quedó ligada siendo muy niña a la de mi amado, comenzando un camino hacia la libertad, yo contaba tan solo con trece años y él dos más, por mi alma no ha paseado jamás otra alma que la suya, amoldándose de tal manera que hoy no se diferencian.
© Lola Lirola, Toledo 17 de abril de 2015.

AMOR OMNIA VINCIT

¿Podría vivir yo sin tu amor?,
me pregunto,
podría llegar la noche
y no sentir ese calor
que me envuelve,
abrigándome del frío,
o es tal vez ese frío
una entelequia que no existe,
que me invento porque sé
que tú me abrigas.
¿Podría vivir yo sin tu amor?,
y en su defecto, otra piel
acariciara mi esperanza.
¿Podría vivir yo sin tu amor?,
y acostarme con la duda
que hoy no tengo,
y el dolor que tu me libras,
y el rencor que desconoces.
¿Podría vivir yo sin tu pasión?,
o ¿no es pasión lo que tú tienes?,
pues no lo sé, pero en tus ojos,
ya plegados por los años,
se dibujan chiribitas,
cada vez que soy feliz,
cada vez que nos unimos
y tu notas la evidencia.
¿Podría vivir yo sin tu amor?,
te contesto,
¿Podrías vivir tú sin la vida?
De igual manera que sin vida,
yo sin tu amor no podría vivir.

© Lola Lirola, Toledo, 10 de abril de 2014.


viernes, 10 de abril de 2015

EL PATIO DE RECREO DE CINCA
            Nací en una época en la que los niños podían permanecer en la calle sin ningún peligro, en la que los hermanos mayores cuidaban de los pequeños, en la que las personas mayores eran co-educadoras y se hacían responsables de que a los niños no les sucediera nada y si les sucedía, de atenderlos, una época de mi vida en la que la dimensión tiempo no tenía poder sobre mí. Por todo esto, los niños no temíamos frecuentar la calle para jugar y así trascurrió mi infancia, sobre todo el tiempo libre que permitía el colegio y sus tareas,.
El lugar más frecuentado por todos los vecinos del lugar, era la plaza del Ayuntamiento o como se llamaba entonces la plaza del Generalísimo – los niños la llamábamos “la yunta” –. Ese era nuestro patio de juegos, el cual estaba enmarcado por cuatro edificios emblemáticos que lo hacían extraordinariamente bello, al Norte limitaba con el Palacio Arzobispal, al Este con la Catedral, al Oeste con el Ayuntamiento y al Sur con el Palacio de Justicia.
Este espacio se percibía distinto según las épocas del año: en otoño, la lluvia interpretaba su sinfonía con el crepitar de las gotas, los goterones se precipitaban desde lo alto instando a la gente a las prisas, el agua caía humedeciendo las piedras y las hiedras que habían prendido su existencia sobre el almohadillado del piso bajo del edificio del Ayuntamiento, se convertía en el lugar idóneo para que las niñas buscáramos caracoles, cantando la canción: “caracol, col, col, saca los cuernos al sol, que tu padre y tu madre ya los sacó”, las piedras se tornaban grises y marcaban el comienzo de una agenda escolar que regía la vida de niños y mayores; en invierno la plaza era inhóspita y fría, alrededor de la torre de la catedral se formaban unas corrientes de aire que eran peligrosas para los catarros y para las faldas de las muchachas. Tan sólo acudíamos a la plaza si algún sábado o domingo por la mañana hacía muy buen día, entonces mi madre nos lavaba el pelo y nos hacía ir a “la yunta” a que se nos secara al sol, veíamos a los turistas embelesarse con la ciudad y hablar en otros idiomas que nos hacían imaginar otros mundos que alguna vez podríamos visitar; en primavera, la plaza tomaba vida, la gente ya no pasaba de largo sino que permanecía, así desde que comenzaba el cambio de hora –a finales de marzo– y las noches tardaban en llegar, los muchachos acudíamos tras terminar las tareas del cole y jugábamos. En esa plaza he jugado al “güa”, al corro de las patatas, a policías y ladrones, con los patines, a “Churro, media manga, manga entera”, a matar, a la comba, a las muñecas, al escondite inglés… a todos los juegos de niños posibles e imaginables. En esa plaza nos hemos subido a los monumentos –entonces no entendíamos de arte– hasta que nos pillaba algún mayor y nos hacía bajar. Hemos besado el anillo al Cardenal cuando salía de su palacio y nos hacía el gesto para que le besáramos la mano. En esta plaza acunamos una infancia feliz, llena de amor y amistad. Pero si había una época del año en la que disfrutábamos con extrema fruición, era el período de las fiesta del Corpus, entonces la plaza se transformaba en un lugar extraordinario, con nuevas perspectivas por descubrir. En un primer momento los operarios del Ayuntamiento instalaban una tarima-escenario en donde se desarrollaban espectáculos y conciertos específicos para las fiestas, los niños ya sabíamos que aquello comenzaba, el entramado de hierro que se necesitaba para soportar la tarima se nos antojaba un lugar en donde las geometrías se convertían en nuestra zona preferida para correr, para escondernos, para vivir la plaza. De pronto el espacio se convertía en un lugar mágico, en donde desarrollábamos nuestra imaginación. En los días previos –que casi siempre coincidía que no teníamos colegio por la tarde– podíamos ver representaciones en esos escenarios, así como ensayar a cantantes, bailarines, actores..., allí he visto los coros y las danzas de numerosos pueblos de Toledo y de otras provincias, he visto a Raphael, a Jaime Morei, a Alberto Cortez, a George Mustaki, a Tete Montoliu…etc. y tantos que ya no recuerdo. Mi madre coleccionaba autógrafos de estos artistas. Nosotros no comprábamos entrada en los conciertos, pero siempre estábamos en el ensayo y lo escuchábamos desde las barreras que situaban en los accesos a la plaza, estos se abrían cuando quedaban veinte minutos para terminar dejando pasar a todo el mundo, ya que durante el tiempo que estaban cerradas, si algún vecino quería pasar por la plaza, porque fuera su ruta acostumbrada, debía darse la vuelta por otras calles, un camino largo que disparaba las quejas de éstos, por lo que el Ayuntamiento daba la orden de abrir las barreras al final del concierto.
En verano, las altas temperatura calentaba las vetustas piedras, el calor se hacía inaguantable y solo podíamos disfrutarla por la mañana temprano y al atardecer en que los vencejos chillaban agitados habitando por cientos el cielo, despejando de mosquitos toda la plaza. En esas fechas, nos dejaban estar en la calle hasta bien entrada la noche, ya que eran los únicos momentos en los que la ciudad podía respirar. Sin embargo, los mejores recuerdos se fraguaban en verano, ya que gracias a las vacaciones escolares el tiempo libre aumentaba y nos permitían estar mucho más.
En mi infancia fueron mis ojos observadores de primera en un lugar privilegiado y hoy mi memoria no se cansa de evocar bellos recuerdos que están grabados.

Lola Lirola, Toledo 9 de abril de 2015